Desde mi nube y con gafitas

Desde mi nube y con gafitas
Ángeles Córdoba Tordesillas

“Érase una vez un Ángel que del Cielo quiso bajar a la Tierra para experimentar lo que era ser humano. Adoptó la forma de mujer. Sólo bajó con lo puesto… unas preciosas gafitas que Dios le había regalado y una nube pequeña, desde donde miraba cada día todo lo que sucedía entre el Cielo y la Tierra. Sólo a través de esas gafitas podía ver nítidamente el mundo y a las personas que vivían en él. Sin ellas se sentía desorientada, perdida, pues todo se volvía invisible e incluso ella misma, ya que ni siquiera podía percibir su propio cuerpo. Esta historia está contada por ese ángel que, a través de la narración de sus peculiares observaciones, intenta representar el mundo que ve.”

Un día agarré mi media nube y mis gafitas (esas que Dios me ha dado) y fui a vivir a un lugar indeterminado entre la metáfora y el surrealismo. Desde entonces, estoy pagando la hipoteca con poemas, cuentos, relatos, novelas, dibujos, pinturas, fotografías… ¡canela fina! y otras especias.

Poco a poco o mucho a mucho, dependiendo del día, estado de ánimo y condiciones atmosféricas, suministraré género del bueno, fabricado a mano, con amor, humor y pasión.

Porque te quiero. Porque todo lo que hago es pensando en ti y con el corazón… de la única forma que sé vivir. Y estoy en ello, dispuesta a seguir haciéndolo con muchas ganas, para que tú lo puedas disfrutar. Ojalá sea así.

9 jul 2026

TARDE Y SIN BOLÍGRAFO

​Sucedió que me presenté sin cita en la Agencia Tributaria con la intención firme de zanjar una gestión familiar antes de que finalizara el plazo oficial. 

Nos cobraban casi 200 euros por la realización de dicho trámite, así que le dije uno de mis hermanos: «Ni hablar, de eso nada monada, no pago ese dinero por soltar unos papeles en una oficina de mi propia ciudad. Enviadme toda la documentación requerida, que yo me encargo de ello». Y así lo hicieron.

​In extremis, llegando diez minutos antes de que cerraran la delegación, me acerqué a la funcionaria que parecía estar disponible, con el tocho de papeles correspondiente. 

Me preguntó si tenía cita; contesté que no y ella me dijo que sin cita no me podían atender. Le expliqué que lo comprendía, pero no sé de qué modo conseguí que me escuchara. 

A pesar de sus protestas de que había llegado tarde y estaban a punto de cerrar, la convencí de que aceptara revisar la documentación por si había algo incompleto o que no estuviera en orden, pues debía dejarlo solventado lo antes posible para que no se nos pasara la fecha límite y reconozco que la presioné un poco diciendo que mi familia confiaba en que iba a resolverlo ese mismo día.

​Finalmente, entre protesta y protesta, fue supervisando todo. 

Cuando vio que estaba correcto y que no faltaba nada, espetando una queja más, me solicitó la cantidad de dinero correspondiente y, por último, me pidió que firmara. 

Yo le dije que no tenía bolígrafo y le pregunté si podía dejarme uno, por favor. Esto colmó su paciencia y entonces estalló diciéndome: «¡Maravilloso, maravilloso! ¡Además de presentarse tarde,viene sin bolígrafo!».

​De inmediato se acercó un compañero suyo para preguntarle qué pasaba dada su alteración, y ella repitió: «¡Que viene tarde y sin bolígrafo!».

Su compañero, con perplejidad, mientras me observaba minuciosamente, se llevó la mano semicerrada a la boca, como intentando dilucidar qué tipo de espécimen ciudadano era yo. Ignoro si llegó a descubrirlo, porque no pronunció palabra alguna después de la pregunta que realizó. 

Y, sintiéndome casi en evidencia y un tanto avergonzada, reconocí mi error pidiéndoles disculpas y corroborando: «Sí, esa soy yo: tarde y sin bolígrafo».

​Me prestó uno a regañadientes y, con cierto sentimiento de culpa, estampé mi firma y me despedí, mostrándome muy agradecida con una funcionaria a la que había hecho trabajar hasta el último segundo de su jornada laboral. 

Aun así, me pareció un rotundo triunfo y salí por la puerta de la oficina sintiéndome poco menos que Cleopatra, por haber logrado semejante hazaña. 

Regresé a casa caminando para disfrutar de ese día de victoria, personal e institucional, como era debido.

​Lo cierto es que la buena mujer tenía razón: no es manera de presentarse en un organismo oficial esperando que te atiendan sin cita en los últimos diez minutos y, para colmo, sin el instrumento fundamental para firmar. 

Mi falta de pragmatismo es alarmante; generalmente no llevo nada que resulte útil, solamente llevo lo necesario.

​Esta etiqueta, de todas las que me han pretendido adjudicar a lo largo de mi vida, es la que mejor retrata mi inconsciente identidad. Sí, sin duda esa soy yo: «tarde y sin bolígrafo». Una perfecta desconocida lo clavó.


Ángeles Córdoba Tordesillas


Un sencillo y gran bolígrafo que me proporcionó 
una felicidad inusitada.


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