He formado un equipo de vida con mis cinco sentidos, adjudicándome el papel de entrenadora. Sé que entraña dificultad, pues siempre han sido bastante anárquicos y todos han pasado por baches, pero cuando alguno flaquea, ahí estamos los demás al quite para apoyarlo.
En estos momentos, es uno de esos ojitos el que necesita un cuidado especial. Ahora que se enfrenta a una medicación exigente, todos le animamos diciendo: «¡Vamos, pequeño, que el equipo te necesita!». Y él sonríe porque, aunque a veces lo hayamos rechazado por su falta de visión, ahora sabe que es imprescindible y se siente querido.
Le repetimos: «¡Vamos, pequeño, que somos un equipo singular! Lo estás haciendo muy bien y verás cómo entre todos conseguimos que salgas adelante». Y esto, fíjate, lo veo claro.
Hemos intentado hacerlo lo mejor posible, viviendo y jugando siempre con honestidad. Y aunque el resultado haya sido bueno, malo o regular, nunca nos hemos sentido perdedores; porque entendemos que en cada partido el rival no es un contrario, sino un compañero. Al fin y al cabo, los sentidos están para conectarnos con los demás.
Se trata de jugar sin juzgar, comprendiendo que cada uno tiene sus propias reglas y su propia visión del juego. Hay que tener buen ojo para captar lo que es realmente importante y conseguir que el juego de los demás no golpee nuestros sentidos. Al final, esto no consiste en ganar a toda costa, sino en no perderse en el intento.
Y quizá no seamos un buen equipo a la vista de los demás, pero somos un equipo bueno.
Ángeles Córdoba Tordesillas