"Pinto, pinto...", un juego de niños que decidía a quién le tocaba la suerte. Hoy la suerte es mía por tenerte aquí.
Y quiero presentarte esta pintura que también estará encantada de conocerte:
Ángeles Córdoba Tordesillas ©
Ángeles Córdoba Tordesillas
“Érase una vez un Ángel que del Cielo quiso bajar a
Un día agarré mi media nube y mis gafitas (esas que Dios me ha dado) y fui a vivir a un lugar indeterminado entre la metáfora y el surrealismo. Desde entonces, estoy pagando la hipoteca con poemas, cuentos, relatos, novelas, dibujos, pinturas, fotografías… ¡canela fina! y otras especias.
Poco a poco o mucho a mucho, dependiendo del día, estado de ánimo y condiciones atmosféricas, suministraré género del bueno, fabricado a mano, con amor, humor y pasión.
Porque te quiero. Porque todo lo que hago es pensando en ti y con el corazón… de la única forma que sé vivir. Y estoy en ello, dispuesta a seguir haciéndolo con muchas ganas, para que tú lo puedas disfrutar. Ojalá sea así.
"Pinto, pinto...", un juego de niños que decidía a quién le tocaba la suerte. Hoy la suerte es mía por tenerte aquí.
Y quiero presentarte esta pintura que también estará encantada de conocerte:
Ángeles Córdoba Tordesillas ©
Sucedió que me presenté sin cita en la Agencia Tributaria con la intención firme de zanjar una gestión familiar antes de que finalizara el plazo oficial.
Nos cobraban casi 200 euros por la realización de dicho trámite, así que le dije uno de mis hermanos: «Ni hablar, de eso nada monada, no pago ese dinero por soltar unos papeles en una oficina de mi propia ciudad. Enviadme toda la documentación requerida, que yo me encargo de ello». Y así lo hicieron.
In extremis, llegando diez minutos antes de que cerraran la delegación, me acerqué a la funcionaria que parecía estar disponible, con el tocho de papeles correspondiente.
Me preguntó si tenía cita; contesté que no y ella me dijo que sin cita no me podían atender. Le expliqué que lo comprendía, pero no sé de qué modo conseguí que me escuchara.
A pesar de sus protestas de que había llegado tarde y estaban a punto de cerrar, la convencí de que aceptara revisar la documentación por si había algo incompleto o que no estuviera en orden, pues debía dejarlo solventado lo antes posible para que no se nos pasara la fecha límite y reconozco que la presioné un poco diciendo que mi familia confiaba en que iba a resolverlo ese mismo día.
Finalmente, entre protesta y protesta, fue supervisando todo.
Cuando vio que estaba correcto y que no faltaba nada, espetando una queja más, me solicitó la cantidad de dinero correspondiente y, por último, me pidió que firmara.
Yo le dije que no tenía bolígrafo y le pregunté si podía dejarme uno, por favor. Esto colmó su paciencia y entonces estalló diciéndome: «¡Maravilloso, maravilloso! ¡Además de presentarse tarde,viene sin bolígrafo!».
De inmediato se acercó un compañero suyo para preguntarle qué pasaba dada su alteración, y ella repitió: «¡Que viene tarde y sin bolígrafo!».
Su compañero, con perplejidad, mientras me observaba minuciosamente, se llevó la mano semicerrada a la boca, como intentando dilucidar qué tipo de espécimen ciudadano era yo. Ignoro si llegó a descubrirlo, porque no pronunció palabra alguna después de la pregunta que realizó.
Y, sintiéndome casi en evidencia y un tanto avergonzada, reconocí mi error pidiéndoles disculpas y corroborando: «Sí, esa soy yo: tarde y sin bolígrafo».
Me prestó uno a regañadientes y, con cierto sentimiento de culpa, estampé mi firma y me despedí, mostrándome muy agradecida con una funcionaria a la que había hecho trabajar hasta el último segundo de su jornada laboral.
Aun así, me pareció un rotundo triunfo y salí por la puerta de la oficina sintiéndome poco menos que Cleopatra, por haber logrado semejante hazaña.
Regresé a casa caminando para disfrutar de ese día de victoria, personal e institucional, como era debido.
Lo cierto es que la buena mujer tenía razón: no es manera de presentarse en un organismo oficial esperando que te atiendan sin cita en los últimos diez minutos y, para colmo, sin el instrumento fundamental para firmar.
Mi falta de pragmatismo es alarmante; generalmente no llevo nada que resulte útil, solamente llevo lo necesario.
Esta etiqueta, de todas las que me han pretendido adjudicar a lo largo de mi vida, es la que mejor retrata mi inconsciente identidad. Sí, sin duda esa soy yo: «tarde y sin bolígrafo». Una perfecta desconocida lo clavó.
Ángeles Córdoba Tordesillas
Al final
no me ha roto el corazón,
solo me lo ha rompido.
Y todos sabemos que
un corazón rompido
no es lo mismo
que un corazón roto.
Ángeles Córdoba Tordesillas ©
Mi niña interior sigue teniendo cuatro años y continúa siendo "abrefácil".
15 días autoconfinada por un ojito "demasiado sensible" que, desde hacía más de dos meses, se sentía dolorido y no podía parar de llorar.
El diagnóstico del especialista me afectó tremendamente, pero estoy siguiendo el tratamiento a rajatabla, con confianza y optimismo. Felizmente, poco a poco va mejorando.
Hay que saber ver. La vista no es solo un sentido; es la capacidad de sentir lo que vemos y, aun así, sea lo que sea, agradecer el poder hacerlo.
Hay que saber mirar más allá de lo que nos pone tristes. Detrás están las respuestas.
Hola.
Ángeles Córdoba Tordesillas ©
Esta tarde floto absurda en el ambiente
como
el humo de una antigua tasca.
He aprendido a conversar con el silencio
dentro de esta habitación del olvido
impertinente.
Allá la sociedad queda sola, inerte,
por mi miedo desescoltada..
No soy la rara
y
si lo soy no me importa
o
cada vez me importa menos...
aunque digan que menos
es más.
Ángeles Córdoba Tordesillas ©
"La que manda en mi corazón
soy yo".
Afirmaba.
Qué gran error...
siendo siempre mi corazón
el que se impone sobre mí.
Ángeles Córdoba Tordesillas ©
M