“Érase una vez un Ángel que del Cielo quiso bajar a la Tierra para experimentar lo que era ser humano. Adoptó la forma de mujer. Sólo bajó con lo puesto… unas preciosas gafitas que Dios le había regalado y una nube pequeña, desde donde miraba cada día todo lo que sucedía entre el Cielo y la Tierra. Sólo a través de esas gafitas podía ver nítidamente el mundo y a las personas que vivían en él. Sin ellas se sentía desorientada, perdida, pues todo se volvía invisible e incluso ella misma, ya que ni siquiera podía percibir su propio cuerpo. Esta historia está contada por ese ángel que, a través de la narración de sus peculiares observaciones, intenta representar el mundo que ve.”
Un día agarré mi media nube y mis gafitas (esas que Dios me ha dado) y fui a vivir a un lugar indeterminado entre la metáfora y el surrealismo. Desde entonces, estoy pagando la hipoteca con poemas, cuentos, relatos, novelas, dibujos, pinturas, fotografías… ¡canela fina! y otras especias.
Poco a poco o mucho a mucho, dependiendo del día, estado de ánimo y condiciones atmosféricas, suministraré género del bueno, fabricado a mano, con amor, humor y pasión.
Porque te quiero. Porque todo lo que hago es pensando en ti y con el corazón… de la única forma que sé vivir. Y estoy en ello, dispuesta a seguir haciéndolo con muchas ganas, para que tú lo puedas disfrutar. Ojalá sea así.
Lo que más lejos te va a permitir llegar en la vida no es tu inteligencia, ni tu talento natural, ni tus conocimientos, ni una red de apoyos, tampoco la experiencia ni la capacidad de trabajo, ni siquiera tu perseverancia... es el aliento.
Tu aliento.
A ningún lado puedes llegar sin él.
No en vano, solemos emplear el verbo alentar para referirnos a infundir ánimo, valor o esperanza a alguien.
El día 16 de este mismo mes fui a urgencias, me realizaron una pequeña intervención quirúrgica en un ojo y, al regresar a casa, perdí la cartera con la documentación y todas las tarjetas. Me lamenté pensando en mi "mala suerte".
Pero lo verdaderamente duro fue enterarme al día siguiente por la hija de uno de mis mejores amigos —a quien conocí con 17 años— de que él había fallecido ese mismo día 16. Todo lo demás perdió su importancia.
Ante la despedida de una vida, todo pasa a segundo plano; en especial si es la de una persona tan buena como él. Y no lo digo porque ya no esté, sino porque es absolutamente cierto: ha sido de las personas más sencillas y honestas que he conocido en mi vida, y he tenido la fortuna de que fuera mi amigo.
Más o menos cada 15 días le enviaba por wasap un mensaje comentándole cualquier cosa y un abrazo, a sabiendas de que no podía contestarme, pero sabía que lo leería. No quería ser visitado, cosa que comprendo perfectamente.
Me queda la tranquilidad de saber que, siendo un cuidador nato que siempre se ocupaba de los demás, un año padeciendo ELA era demasiado para su corazón generoso. Sentir que ahora era su familia la que tenía que cuidarlo no era para él. Se fue en paz y casi sin agonía. Además, su hija me contó que en uno de sus últimos paseos, cuando aún podía hablar, le habló de mí con muchísimo amor. Me emocionó profundamente saberlo.
En fin, a nosotros nos toca seguir viviendo el "rato" que nos quede, siendo lo más creativos, bondadosos y felices posible. Un abrazo a todos.
☆ Querido Santi:
Desde esta pequeña nube que es mi casita digital, te doy las gracias por haberme hecho el enorme regalo de tu amistad. Ha sido un privilegio haberte conocido; me encantaba que me llamaras "mi chica" —siempre con el debido respeto y permiso de tu pareja, pues era simplemente una manera afectuosa de dirigirte a mí—.
Dentro de un mes hubieras cumplido años, momento en el que volveré a recordarte. Aunque ya no pueda felicitarte con una simple llamada al móvil, el 20 de septiembre será siempre para mí un día de celebración por tu magnífica existencia.
Allá donde estés, te envío el abrazo enorme que no tuve oportunidad de darte en vida. Te quiero, Santi, y te voy a seguir queriendo siempre porque el amor verdadero es lo único que no muere nunca.
El escenario es perfecto: hay un hermoso decorado. Los actores conocen al detalle el guion, está todo preparado, se produce un silencio extraño tras las bambalinas; los dos protagonistas están a punto de salir a escena e iniciar el primer acto en donde solamente se mirarán despacio.
El público ha traído sus manos al teatro para aplaudir con pasión cuando la obra termine.
Es peligroso confundir sensibilidad con susceptibilidad; pues no siempre es el alma la que sufre sino simplemente el ego.
No es saludable, psicológicamente hablando, interpretar la empatía de los demás como intentos de control, y la cercanía como intrusión, en vez de como conexión emocional.
Te invito a que esto te sirva de reflexión. A mí me sirve, porque también yo, en muchos momentos, me dejo arrastrar por la sombra del dolor sufrido; y creo que es conveniente, en algún momento, parar y tomar conciencia de que estamos aquí por poco tiempo y cada día no tiene por qué ser la condena del siguiente.
En su momento, predije que la pandemia traería consecuencias inevitables en la conducta humana si no poníamos de nuestra parte y, al parecer, así ha sido. Hemos ido haciendo cada vez más enorme ese abismo entre nosotros.
Y no me refiero solo al aspecto físico —donde la mayoría vivimos tras una pantalla una gran parte del tiempo—, sino al nivel sentimental.
De un corazón a otro hay hoy un verdadero mundo lleno de dudas, miedos, prejuicios y distorsiones cognitivas. Es más difícil que nunca llegar y tener acceso al de los demás.
La ilusión de la desconexión
Ahora, con el avance de la inteligencia artificial, esa necesidad biológica y social de conectarnos parece desvanecerse. Estaremos conectados virtualmente, pero, por lo visto, necesitamos menos un abrazo... o eso es lo que desgraciadamente pensamos.
Priorizamos una supuesta tranquilidad mental y emocional por encima de la presencia y el contacto físico. Sin embargo, esto es una mentira con la que nos autoengañamos para sentirnos a salvo.
La reealidad es que solo estamos logrando enfermar nuestro sistema nervioso y nuestro espíritu.
El rechazo al contacto sincero
Honestamente, me preocupa esta situación. Veo y siento cada vez más frío entre las personas.
El muro de la distancia:
Cuando quieres abrazar a alguien, te encuentras con un muro.
La culpa de sentir:
A veces te sientes culpable por no haber pedido "permiso" para abrazar a una antigua amiga o a un conocido que atraviesa o ha atravesado un momento difícil, asumiendo que necesitaría ese abrazo tanto como lo necesitarías tú en su lugar. Pero parece que ya no es así.
El muro del miedo ha crecido y se ha convertido en la coraza que viste a cada persona con la que te cruzas: el vecino, el amigo, el conocido... a cada cual.
El refugio de la indiferencia
Tengo un llanto interno e incesante por esta realidad que me disgusta, me asusta y me hiere profundamente como ser humano.
Veo cómo se esconde el amor detrás del miedo, y el miedo detrás de la indiferencia.
La indiferencia parece ser la única "valiente" que se atreve a dar la cara y mostrarse ante los demás; eso sí, fingiendo si lo considera "necesario" una sonrisa que no siente, mediante un saludo que no la comprometa a nada... y mucho menos a sentir la verdadera felicidad de conectar con otra alma.
¿Nos hemos resignado ya a vivir tras la coraza o todavía quedamos algunas personas dispuestas a romper el hielo?