Estamos viviendo un auténtico glaciar emocional.
En su momento, predije que la pandemia traería consecuencias inevitables en la conducta humana si no poníamos de nuestra parte y, al parecer, así ha sido. Hemos ido haciendo cada vez más enorme ese abismo entre nosotros.
Y no me refiero solo al aspecto físico —donde la mayoría vivimos tras una pantalla una gran parte del tiempo—, sino al nivel sentimental.
De un corazón a otro hay hoy un verdadero mundo lleno de dudas, miedos, prejuicios y distorsiones cognitivas. Es más difícil que nunca llegar y tener acceso al de los demás.
La ilusión de la desconexión
Ahora, con el avance de la inteligencia artificial, esa necesidad biológica y social de conectarnos parece desvanecerse. Estaremos conectados virtualmente, pero, por lo visto, necesitamos menos un abrazo... o eso es lo que desgraciadamente pensamos.
Priorizamos una supuesta tranquilidad mental y emocional por encima de la presencia y el contacto físico. Sin embargo, esto es una mentira con la que nos autoengañamos para sentirnos a salvo.
La reealidad es que solo estamos logrando enfermar nuestro sistema nervioso y nuestro espíritu.
El rechazo al contacto sincero
Honestamente, me preocupa esta situación. Veo y siento cada vez más frío entre las personas.
El muro de la distancia:
Cuando quieres abrazar a alguien, te encuentras con un muro.
La culpa de sentir:
A veces te sientes culpable por no haber pedido "permiso" para abrazar a una antigua amiga o a un conocido que atraviesa o ha atravesado un momento difícil, asumiendo que necesitaría ese abrazo tanto como lo necesitarías tú en su lugar. Pero parece que ya no es así.
El muro del miedo ha crecido y se ha convertido en la coraza que viste a cada persona con la que te cruzas: el vecino, el amigo, el conocido... a cada cual.
El refugio de la indiferencia
Tengo un llanto interno e incesante por esta realidad que me disgusta, me asusta y me hiere profundamente como ser humano.
Veo cómo se esconde el amor detrás del miedo, y el miedo detrás de la indiferencia.
La indiferencia parece ser la única "valiente" que se atreve a dar la cara y mostrarse ante los demás; eso sí, fingiendo si lo considera "necesario" una sonrisa que no siente, mediante un saludo que no la comprometa a nada... y mucho menos a sentir la verdadera felicidad de conectar con otra alma.
¿Nos hemos resignado ya a vivir tras la coraza o todavía quedamos algunas personas dispuestas a romper el hielo?
Te leo abajo, en comentarios.
Ángeles Córdoba Tordesillas ©
Ese glaciar del que hablas sólo se derrite con "presencialidad", y la pantalla de virtualidad detrás de la cual vivimos la relación , constituye una auténtica barrera. No sé si la pandemia tendrá algo de culpa, pero lo que tuve claro desde el principio es que de ella, mejor no íbamos a salir. Más cariñosos tampoco.
ResponderEliminarExcelente comentario. Comparto la misma visión sobre la presencialidad versus virtualidad, pero mucho me temo que en los tiempos que corren –y corren muy aprisa— esto no tiene visos de mejorar. Sobre el tema de la pandemia, yo sí era una de esas personas ingenuas que pensé que nos haría más humanos y empáticos, hasta que terminó y vi que la cosa no iba a ir precisamente por ahí...Muchísimas gracias por compartir tu opinión en esta nubecita de amistad.
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