—Sara, te invito a tomar una ración de patatas bravas.
—No, gracias.
—¿Cómo dices?
—Que no, que muchas gracias.
—¿Pero qué estoy oyendo asombrada? Quizás no han escuchado bien mis aturdidos oídos... Tú, que adoras las patatas pringosas esas, me rechazas una invitación sincera?
—Tus aturdidos oídos han escuchado perfectamente. Soy yo, en este caso, la que no quiere ni oír hablar nunca más de las dichosas patatas. Las aborrezco, así, en español intenso.
—¿Pero qué está sucediendo en el mundo actual, qué fenómeno sobrenatural está teniendo lugar para que tú tangas esa reacción tan adversa y visceral ante tu plato favorito?; unas inocentes patatas con una salsita tan especial, aunque nunca las he podido soportar?
—Nada, que ya no me encantan.
—¿Y eso por qué? Te lo pregunto porque en las noticias no han dicho nada...
—Sucedió que ayer fui sorprendida por un deseo voraz de devorarlas y, como soy mayor de edad y no tengo que pedir permiso a nadie más que a mi libertad personal, entré en un bar con una gran tentación de las dichosas patatas bravas y, con una enorme autodeterminación, pedí tres raciones, porque para brava yo. Y lo que vino después prefiero no tenértelo que contar, pues no es contenido agradable.
–Comprendo... cuánto lo siento. Entonces te invito a un arroz a la cubana con una limonada.
—Vale.
Ángeles Córdoba Tordesillas ©
No hay comentarios:
Publicar un comentario