Desde mi nube y con gafitas

Desde mi nube y con gafitas
Ángeles Córdoba Tordesillas

“Érase una vez un Ángel que del Cielo quiso bajar a la Tierra para experimentar lo que era ser humano. Adoptó la forma de mujer. Sólo bajó con lo puesto… unas preciosas gafitas que Dios le había regalado y una nube pequeña, desde donde miraba cada día todo lo que sucedía entre el Cielo y la Tierra. Sólo a través de esas gafitas podía ver nítidamente el mundo y a las personas que vivían en él. Sin ellas se sentía desorientada, perdida, pues todo se volvía invisible e incluso ella misma, ya que ni siquiera podía percibir su propio cuerpo. Esta historia está contada por ese ángel que, a través de la narración de sus peculiares observaciones, intenta representar el mundo que ve.”

Un día agarré mi media nube y mis gafitas (esas que Dios me ha dado) y fui a vivir a un lugar indeterminado entre la metáfora y el surrealismo. Desde entonces, estoy pagando la hipoteca con poemas, cuentos, relatos, novelas, dibujos, pinturas, fotografías… ¡canela fina! y otras especias.

Poco a poco o mucho a mucho, dependiendo del día, estado de ánimo y condiciones atmosféricas, suministraré género del bueno, fabricado a mano, con amor, humor y pasión.

Porque te quiero. Porque todo lo que hago es pensando en ti y con el corazón… de la única forma que sé vivir. Y estoy en ello, dispuesta a seguir haciéndolo con muchas ganas, para que tú lo puedas disfrutar. Ojalá sea así.

15 dic 2014

AZUL

En la suave atardecida de mi vida,
todo se vuelve azul.

Serenidad y contemplación
en un agradable paseo sin prisa.

Agradecida por lo que tengo,
disfrutando de lo que aprecio.
Paso a paso, aliento a aliento.

Intentando que mi rastro sea leve,
como el de un ave simple,
para no alterar el ecosistema
de emociones ni de sueños ajenos.

Con ganas de seguir celebrando,
el baile de la existencia,
al ritmo de mis latidos.

Alzo los brazos para volar hacia dentro,
hacia ese lugar,
en donde sale a mi encuentro la paz,
cada día que la invoco.

Me siento inmensamente afortunada,
de vivir despierta,
con los pies en la tierra, aún.

Ahora, en este presente…
todo lo envuelve el color del cielo.


Ángel C. T. ©2014


Fotografía hecha con estas gafitas que Dios me ha dado.

14 dic 2014

LA BOCA QUE BEBÍA LOS VIENTOS

Ni por el día ni por la noche se le daba bien a Antonia consolar a los animales de su granja rupestre. La gallina no ponía huevos por depresión mayor. La mayor de las vacas no daba leche por ansiedad colectiva. El cerdo no comía porque se sentía solo sin otros cerdos… Los conejos salían de las chisteras de los magos tras cada truco y allí ni mago, ni compañero más que el viento. O sea, que no había conejos.

-María Rosario, vete a dar de comer a los animales. Las cabras están pasadas de moda y no quieren que las ordeñen las nuevas generaciones. Ni siquiera por aquello de las tecnologías.
-Que no madre, que estoy en Londres a todas horas, haciendo el Erasmus y no vuelvo hasta que no lo termine, por lo menos. Que ahora estamos hablando por el móvil, en español. 
-Vaya por dios, siempre has de tener una excusa bien urdida, muchacha. Pues no sé qué hacer con estos patos. Quería hacer paté, pero no me atrevo a matarlos, mira que se me vienen todos los sentimientos encima en el peor momento. Si es que me conozco… ¿quién me llamaría a mí por el camino de la apicultura española sin abejas y con sembrado de amapolas al aire libre?… Anda, allá veo a Eustaquio y a su trompa, “el sordo beodo”, a ver si el hombre me quiere hacer el favor de rematarme algún pollo…
-No, buena mujer, yo estoy muerto desde la última primavera… ¿no lo recuerda?
-Ah, pues no. Ya veo que me ha leído el pensamiento…en blanco, porque oír no oía casi. Soy la última en enterarme de todo, en este pueblo. Ya me está molestando que nadie me recuerde nada. Qué lastima. Pues la carita la tiene bien, no tiene mal aspecto, no. He visto a otros peores y andan todavía en los caminos. Claro que por los adentros…
-Pues ya ve.
-Y tanto que lo veo ¿pero yo, entonces, por qué? A ver si voy a ser vidente o médium vidente.
-Eso será evidente… o que está ya medio ida por la soledad no elegida.
-Mire usted, no me diga esas cosas que ando chaveta perdida desde que se me fue la Antonia, del alma mía, no sé adónde, porque ya la memoria…
-¡Qué mal llevamos todos el paso del tiempo!… Claro que yo ya…lo mío no cuenta, no tengo inconvenientes con ese concepto… ¿Pero no se llamaba María Rosario su niña?... ¡si Antonia es usted!
-Pues mire que lo de la muerte… no nos hace mucha gracia, parece ser. No sabemos ya ni lo que queremos, Eustaquio.
-Creo que fue a Londres.
-¿Quién?
-Su hija.
-¿Ah, pero existe?
-¿Su hija?... Su hija sí. El que ya no existe soy yo, aunque usted me perfile todavía por aquí, por el huerto.
-¡Londres!
-Ahhh,  Londres también.
-Yo creí que era cosa de películas extranjeras… ¡Cómo cambian los tiempos y las mocedades! Ya ve usted, antes éramos jóvenes y ahora usted está muerto de viejo, supongo, o de la bebida descontrolada.
-Sí, sí de viejo y de aburrimiento. Este pueblo me aturdía más cada día.
-Qué pena…Bueno y, de todos modos, para esto mío, igual me da vivo o muerto. No tengo inconveniente por esa parte ¿No podría rematarme algún pollo, aunque sea, para que me avíe la cena de hoy?… Al fin y al cabo, si ya está usted fiambre, no va a condenarse por hacerlo. Los pecados solo cuentan mientras se está vivo.
-Doña, doña… Mire, le doy el repaso rápido a ese pollo y luego tiro para la gloria que quiero llegar hoy mismo, antes de que asignen mi cama a otro.
-De acuerdo.
-¡Pero corra… que se le escapa la vaca por naderías! No se quede ahí parada con la rutina de siempre, que le viene al pelo esa boca que bebe los vientos y yo me tengo que marchar ya mismo. Saludos y avisada queda. Ya no puedo decir que hasta otro día.



                                                                       FIN  LÓGICO

Ángel Córdoba Tordesillas © 


Acuarelita rápida, de Antonia y Eustaquio, hecha con estas gafitas que Dios me ha dado.

EL INOCENTE

-De verdad de la buena que yo no he acosado a mi secretaria. No sé porqué, esta señorita, me ha denunciado, abogada. Por favor, defiéndame…
-Bien, caballero, le defenderé si saca la mano de mi escote y me permite tomar nota de lo que me cuenta.

Ángel C. T. ©2103

12 dic 2014

EL AFORTUNADO HALLAZGO

Fátima conducía a su yegua, Afectuosa, hasta el pajar a la caída de la tarde y de la hoja otoñal.

Era un amable jueves, sin importancia ni trascendencia ninguna. Excepto por lo que estaba apunto de acontecer… Una gran sorpresa –no añado inesperada, como hacen muchos, pues esa es su naturaleza, de no serlo no serían sorpresas- les aguardaba a ambas en tal lugar, llamado establo por los entendidos en el tema equino y pajar, para los que allí guardan paja.

Con viento ambivalente y juguetón, Fátima tuvo que hacer ligero esfuerzo tirando de las riendas del bello animal. Crines anticipadas en la cabeza de su mascota, de color cobrizo, como las leonas de África y el cobre mismo.

Eran de portada de revista de arte, por la coincidencia de nombres- El segundo nombre de Fátima era el mismo que el de su yegua- Y porque había cariño sincero entre ellas. Hacían buenas migas, y gachas estofadas al horno. Tomadas en recipiente de barro, para que no se fuera el sabor.

Todo pasó porque sí. Fátima gritó con la misma delicadeza con la que solía escribir poesía improvisada, de la que sale a chorros del corazón, a la que no se le puede impedir el paso y se la deja entrar, sin necesidad de autorización ni recomendación, con alfombra roja y lujosa, hasta el del prójimo:

—¡Una aguja!... ¡He encontrado una aguja!... Ahora ya sé que, como siempre supuse, no hay nada imposible.

La yegua celebró el hallazgo insólito de su amita y las dos saltaron de alegría. Afectuosa, se había olvidado que saltar no podía pero, como a la vez descubrieron que todo lo imposible era realizable, pues saltó durante todo el rato que quiso sin escatimar saltos…

—Mira, de tanto brincar, Afectuosa, hemos levantado por el aire toda la paja y te ha entrado alguna brizna en el ojo… Te la limpiaré, porque la vislumbro perfectamente. ¡Vaya, cómo estamos con los refranes esta tarde, amiga!  Ahora tendré que estar atenta por si aparece la viga en el mío, que dicen que no es tan fácil de ver… Luego me voy y escribo un poema de todo esto. A ver qué sale. Y ahora no sé qué hacer… si anunciarlo en los informativos o cambiar el refrán.
—Bien, dijo Afectuosa. Felicidades por ese descubrimiento. Llamaré a los de los telediarios para que vengan a entrevistarte. Será más cómodo.
—Bueno, como quieras, pero ya sabes que no me gusta darme postín ni firmar autógrafos.

Diversos reporteros acudieron de muchos lugares del planeta para colocar el micrófono delante de la yegua. Ésta les hizo la pertinente declaración:

—No he sido yo, ha sido ella. -Señalando a Fátima.- Ella… que cambiará la historia de la humanidad para siempre.
—No te exageres, hermosa yegua… Tampoco será para tanto —dijo un pesimista periodista…-¿Y qué dice la aguja de todo esto?—Preguntó, con afán de saber y saber y llegar hasta el fondo del pajar.
—La aguja, prudentemente hasta ahora, ha guardado silencio.-Respondió la yegua con educación.

Entonces apareció la estrella. Se dejó entrevistar para todos los programas nacionales e internacionales de radio, cine, televisión por cable, y la prensa marrón, después de prestarse a posar para algunas fotos en el pajar, que llegaría a ser mundialmente conocido, ya cansada, y con ganas de seguir escribiendo poemas de soslayo –le sonaban las tripas de hambre de poesía-… les despidió a todos amablemente diciendo:

—Adiós, me voy…  No exhiban demasiado mi indumentaria que se pondrá de moda y no estoy para la fama fácil ni para recibir celebridades extranjeras, aunque se tratara del mismísimo Wody Allen. Los fans me aclamarían noche y día y me gusta dormir, siestas inclusive, sobre todo cuando me acuerdo de los sueños. Déjenme que me desvanezca por donde he venido, voy a acostar a Afectuosa y espero que mañana sea un día más tranquilo, con aguja o sin ella. Si consigo encontrar esa viga… ya les avisaremos. Feliz navidad.

La última palabra la tuvo Afectuosa para la prensa:

—Ella es así… llana, andaluza y poetisa.
—Para despedirles les recitaré,-Añadió Fátima, en do mayor, estos versos improvisados, agradecidas como estamos por el interés que se han tomado, por este afilado hallazgo:

“Encontré una aguja en un pajar,
sin ninguna intención de hacerlo.
Desde entonces ya no creo en lo imposible,
pero sí en lo su-real.
Con esta aguja he de hilvanar muchos versos,
de corte clásico y femenino,  
que lo mismo remienden un corazón roto
que arreglen otro descosío.”

                    FIN PROTEGIDO POR LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN.

Ángeles Córdoba Tordesillas © (Dedicado a la poetisa: F. R. G.)

CON ENCANTO, COMO LAS CASAS DE CAMPO

Inteligencia... Artificial.
Corazón... Artificial.
Alegría... Artificial.
Risa... Artificial.
Vida... Artificial.

Este Artificial debe tener algún encanto...

-¿Artificial?
-Oui… c’est moi.


Ángeles Córdoba Tordesillas ©

11 dic 2014

AVENTURA DE OTOÑO

​Con amplitud de tiempo y decoro, allí aparecieron varios, amontonados, pescaditos para apostar por un presagio amoroso. Por culpa de una larga cola en una pescadería, Ramón y Amancia se conocieron.

​El flechazo no fue inmediato. Primero hubieron de pedir sus respectivos pescados para cocinarlos. Él, en salsa verde, con merluza fresca, para una invitación a una cena con amigos, y ella a la marinera, con almejas y langostinos, la misma fresquita merluza. 

“¡A la rica merluza, oiga!”… Les unió el destino por unas rodajas de pescado fresco.
​
Pero mucho más conmovedor que ese encuentro, tal vez no fortuito sino bien procesado por el ordenador del tiempo, fue el que concibieran grandes vistas a un futuro soleado, con el mar ante sus ojos y todo el pescado del mundo esperándolos… ¡Tan romántico ese idilio!
​
Comenzaron a cortar y coser cortinas para un feliz dormitorio estampado. Cojines de figurillas angelicales e hilo musical por toda la casa. En el salón, ante los grandes ventanales, un aroma de nardo que destilaba perfume a limpio y energía renovada por aquellos rincones de ese preciso momento soñado.

​—Mira qué virguería he comprado hoy, Ramón.
—¿Qué es eso?
—Para hacer polos de frambuesa…
—Hummm. Pues hazlos… ya me están entrando ganas. Soy antojadizo sin embarazo y resulta que tú me vienes con fruslerías de las finas e irresistibles. ¡Cuánto te quiero y cuánto nos compenetramos, mon amour!
—Veremos… puede que para postre. Según te portes… Y no me hables en francés más que en la cama, que me acostumbro.
​
Y se portó bien. Fue varias veces de la cocina al dormitorio y viceversa (por miedo a perderse tampoco se portó más lejos), hasta que le importó las bases de una incondicional pizza de cuatro estaciones, con pepperoni, pedida a domicilio. 

Después esos polos… ni de ensueño. Estaban mejor que bien. ¡Anda que no!
​Todo se les hacía como en una película de amor, y ella, Amancia, resultó en estado de buena esperanza… de algún vástago que habría de nacer para la Nochebuena del Señor, supusieron, que no se opusieron, ya se habían puesto mucho a ello.
​
La historia sucedió en un otoño cualquiera, dentro de este siglo, por supuesto. Comenzó con la caída de la hoja y con la subida del precio del pescado, y duró hasta el otoño de sus vidas. Porque el invierno llegó antes de tiempo para los dos.

​—Oye, Ramón…
—Dime, mujer…
—Ahora que yo recuerdo… no es por nada, verás… pero aquel día en la pescadería del mercado del barrio…
—Suéltalo ya, a ver si te va a envenenar…
—¿Tú no te colaste?
—¿Cómo dices?
—Sí. Lo que has oído, no te hagas el sordo, que algunas veces te viene esto muy bien para no escuchar las verdades.
—¿Qué verdades?... ¿Pero de qué hablas?
—De verdades, que no de necedades.
—¿Y de Mocedades?
—Tampoco… Ahora no te hagas el tonto. Tú no pediste la vez, y creo recordar que llegaste después de mí... Me pregunto por qué…
—Es cierto. Me colé. Pero porque la cola era más larga que la de una pescadilla que se muerde la ídem, y tenía cierta prisa. Nunca he sido tan rápido como tú preparando el pescado ni las cenas de invitados.
—Me lo temía. Pero entonces, tú no me conocías… aún no sabías la prisa que yo me daba.
—Pero lo imaginé nada más verte la cara, tus bíceps “pescaderiles” y esa hechura de espalda que tienes, a lo Robinson Crusoe.
—Ya. Ahora alábame… No sabes tú nada. ¡Qué engañada he estado contigo, alma mía!
—Por Dios bendito, Amancia… Todo iba tan bien entre nosotros… Y ya hemos pagado el chalet… ¿No me digas que este relato va a terminar en divorcio a la americana, que se titula “Aventura de otoño” y yo le predecía un final feliz?
—Bien. Para que tus sueños se hagan realidad, una vez más, dejémoslo estar. Tenemos cuatro hijos, seis nietos a los que les gusta andar descalzos, dos perros, tres gatos, una banda de música, un puesto de pescado fresco ambulante… y aún nos queremos. Aprenderé a perdonar. Puede que algún libro de crecimiento personal me ayude. Seguiremos juntos y así terminaremos hasta el fin de nuestros días; no sé si en alguna residencia o vendrá a cuidarnos alguien del Ayuntamiento, pero por favor, eso sí te pido, una vez y nada más, que nunca te he pedido nada: ¡no se te ocurra volver a colarte en ningún sitio! O no te hablo más, o vamos al notario para hacer separación de bienes. Tú por tu lado y yo por el mío.
—Amancia, querida… te amo.
—Yo también a ti, Ramón. Hoy limpias tú el pescado.
—Con mucho gusto, corazón. Me encanta cómo se refleja la luz del sol en tu pelo… y ese brillo que te da la edad en tus mejillas regordetas y juguetonas, como de no pasar hambre. Mientras languidecen las hojas y caen a merced de este viento otoñal…
—Cómo sabes tocarme las teclas, Ramón. Tan delicado que eres a veces, no puedo resistirme.
​
Ambos desaparecieron de escena… que, a ciencia cierta, no puedo precisar cuál era, porque se mueven tanto… Pero en algún lugar de ese hogar construido a base de amor, pescado fresco del Atlántico Norte y lo que venga…
​
Les auguro muchos años de convivencia pacífica, casi todo el rato.
  
Ángeles Córdoba Tordesillas ©2014


Acuarelita rspidita pintada con estas gafitas que Dios me ha dado.

LA ELEGANCIA

Tan elegante…
Alto como el amor.
Sin vanidades. 


Ángel C. T. ©2014


Fotografía hecha con estas gafitas que Dios me ha dado.