sabrías que no soy el pez que pescaste,
ese pequeño que mordió el anzuelo,
sino la red.
aunque no hable y no diga,
sino el grito de la esperanza.
humillada, túmida, lánguida,
que no exige pronta respuesta,
no la brisa del mar,
entrando por la ventana.
con los pies doloridos,
y el sudor baja por el precipicio
de mi frente asustada, aterrada,
como por mis mejillas mis lágrimas.
en la profundidad del pasado,
tal que arenas movedizas,
que me impiden avanzar.
de luchar con los engaños,
las envidias, los abandonos,
las injusticias…
Si me quisieras,
como yo te quiero,
calmarías el agitado viento
de mi aliento,
detendrías el temblor de mis manos,
acunándolas entre las tuyas,
y serías el remanso de paz,
en las noches nuestras,
que necesito,
y que no te pediré.
A pesar de que me caiga
al llegar a la puerta de tus brazos,
rendida de realidad mundana.
yo solo amo.

Me gusta todo lo que escribes. Este poema es bellísimo. Te felicito.
ResponderEliminarGracias,Daniela y bienvenida. A mí me encanta tu nombre. Un saludo.
EliminarOtro pedazo de poema para guardar en la hemeroteca !!! Enhorabuena Ángel, que tengas un feliz y armonioso día, un beso.
ResponderEliminarMe alegra que te haya gustado, David. Es suficiente con guardar, esencialmente en la memoria, lo que te ha haya hecho sentir. Muchas gracias por este comentario tan halagador. Un beso.
EliminarNo es necesario querer a uno o a una para abrir los brazos del reposo , solo falta el haber sentido alguna vez el agotamiento del camino , uno guarda el agua de sus besos para la sedienta boca de la recien llegada.
ResponderEliminarMaravilloso poema , me ha entristecido, no dire mas de lo que ya se ha dicho.
Abrazos, besos, cansancio por el camino andado... ¡si amásemos!
ResponderEliminarGracias, Jesús.