Hace muchos años era una persona perfeccionista; dedicaba mucho tiempo y esfuerzo a hacer las cosas de forma impecable. Supongo que sentía una gran necesidad de demostrar a los demás mi valor personal, hasta que comprendí que el valor intrínseco de una persona no depende del juicio de los demás ni de agradar más o menos.
Entendí que nada de lo que hiciera —por muy perfecto que pareciera el resultado— iba a hacer que las personas a las que quería me quisieran más, ni que las que no me querían comenzaran a hacerlo.
Mi severa discapacidad visual me ayudó a rendirme a la evidencia: jamás lograría resultados óptimos en diferentes actividades y áreas de la vida por mucho que me esmerase. Pero rendirse a la evidencia no significa darse por vencida; significó simplemente dejar de luchar contra lo imposible y liberarme de esa exigencia absurda.
Hoy me doy cuenta de que, si eres como eres, terminas por defraudar a las personas, sencillamente porque es imposible estar a la altura de las ideas que nos formamos unas de otras.
Tenemos la tendencia a idealizar a la gente, y en mi caso, sé que antes o después se desmoronan esas expectativas poco realistas, simplemente porque soy como soy, con mis luces y mis sombras, pero no puedo ni quiero fingir.
Podría intentar responder a la imagen que proyectan en mí, pero eso significaría traicionarme y renunciar a mi forma de ser genuina. Incluso he llegado a buscar esa decepción deliberadamente, solo para comprobar si, una vez bajada de ese posible "pedestal", son capaces de quererme por quien soy realmente.
Soy muy consciente de mis múltiples defectos y he aprendido a aceptarlos, tal vez porque la vida me ha demostrado que no hay otro camino. Cometo errores todos los días; de hecho, la imperfección y la emoción son probablemente lo que mejor me definen. Se me olvidan cosas cotidianas, me equivoco y fallo como cualquiera, ¿y qué?
Eso no significa que me conforme con hacer las cosas de cualquier manera; intento hacerlas bien, especialmente en lo que concierne a las relaciones personales, por el profundo respeto que siento hacia los demás.
Sé que una de mis cualidades —quizá de las pocas— es tener un corazón sensible que, a pesar de que algunas personas han abusado de él (como a la mayoría os habrá pasado), no ha renunciado a sentir. Tampoco ha buscado esconderse tras una coraza de frialdad estratégica. Sencillamente, soy un ser humano como tú.
Y los errores cometidos y las experiencias vividas no me anclan en el rencor, sino que suponen lecciones valiosas para la vida.
Dicho esto, en estos tiempos presentes en los que tanta gente busca parecer perfecta —y en los que la inteligencia artificial parece serlo al menos en sus procesos y respuestas—, yo reclamo mi derecho a la imperfección y me enorgullezco de ella.
Porque la perfección que nunca dececciona solo le pertenece a Dios, y así debe ser. Por debajo de Él, todo lo demás: inteligencias naturales, artificiales o híbridos de cualquier índole. Al fin y al cabo, los humanos somos seres imperfectos, buscándonos a nosotros mismos y, repito, aprendiendo a vivir.
Ángeles Córdoba Tordesillas ©

El Imperfeccionismo: Registro de un nuevo término y estilo artístico, literario y filosófico que pasa a formar parte de mi universo creativo, junto al Emocionalismo y al Confinaismo.
ResponderEliminarÁngeles Córdoba Tordesillas (Ángel CT).