Desde mi nube y con gafitas

Desde mi nube y con gafitas
Ángeles Córdoba Tordesillas

“Érase una vez un Ángel que del Cielo quiso bajar a la Tierra para experimentar lo que era ser humano. Adoptó la forma de mujer. Sólo bajó con lo puesto… unas preciosas gafitas que Dios le había regalado y una nube pequeña, desde donde miraba cada día todo lo que sucedía entre el Cielo y la Tierra. Sólo a través de esas gafitas podía ver nítidamente el mundo y a las personas que vivían en él. Sin ellas se sentía desorientada, perdida, pues todo se volvía invisible e incluso ella misma, ya que ni siquiera podía percibir su propio cuerpo. Esta historia está contada por ese ángel que, a través de la narración de sus peculiares observaciones, intenta representar el mundo que ve.”

Un día agarré mi media nube y mis gafitas (esas que Dios me ha dado) y fui a vivir a un lugar indeterminado entre la metáfora y el surrealismo. Desde entonces, estoy pagando la hipoteca con poemas, cuentos, relatos, novelas, dibujos, pinturas, fotografías… ¡canela fina! y otras especias.

Poco a poco o mucho a mucho, dependiendo del día, estado de ánimo y condiciones atmosféricas, suministraré género del bueno, fabricado a mano, con amor, humor y pasión.

Porque te quiero. Porque todo lo que hago es pensando en ti y con el corazón… de la única forma que sé vivir. Y estoy en ello, dispuesta a seguir haciéndolo con muchas ganas, para que tú lo puedas disfrutar. Ojalá sea así.

10 oct 2014

SENTIMIENTOS

Impenetrables,
cierran su cremallera…
los sentimientos.

Ángeles Córdoba Tordesillas ©

Dibujo rápido hecho con estas gafitas que Dios me ha dado.

9 oct 2014

DISTRAÍDO

-Hombre, sal ya del Facebook... que entraste cuando tenías seis años y tienes ochenta y siete.
-Pero mamá...
-¡Que no soy tu madre, córcholis!... que soy Juana, la cuidadora del ayuntamiento.
La pobre mujer murió, allá por el 2007, mientras tú estabas cambiando la contraseña.
       
 Ángel C.T.©2014

AMISTAD DE DOS ALMAS AFINES

R y C, se conocieron en la calle, como aquél que dice.

Desde el primer momento en que cruzaron sus miradas supieron que sus destinos quedarían unidos para siempre. Ambos se comunicaron en poco tiempo una vida entera de sensaciones y experiencias mil... puede que mil cien.

Antes de regresar a sus moradas, encontraron un saco lleno de palabras y rebuscaron dentro para formar versos, relatos y alguna que otra receta de cocina. Eran felices compartiendo sus paseos.

Aquella sobremesa, mientras el resto dormía la siesta, salieron, como solían hacer, a dar un paseo hacia los olivos viejos, a las afueras del pueblo.

Después de caminar y jugar felizmente con todo cuanto se les ocurría, volvieron a la plaza redonda a beber en la fuente pues estaban sedientos. Primero fue C y luego, una vez saciada su sed, se acercó R, con lo misma intención. Apareció un hombre de edad indeterminada, podría ser forastero y dándole una fuerte patada a R. le gritó:

-¡Aparta chucho!

El animal, ya cansado de las dos horas de paseo y tan sediento, cayó al suelo y casi desmayado del dolor. Posiblemente le rompió alguna costilla… C arrastró un gorra de bebé que encontró, al lado de la fuente, llena de agua y se la acercó hasta el hocico de su amigo. Le partía el corazón verle tirado en el suelo y temblando del dolor. Luego se volvió hacia aquél, que de caballero tenía poco, y proliferó unos cuantos ladridos como reclamación y para expresar su gran disgusto e indignación, por aquél acto injusto.

Una vez que el señor, por llamarle de alguna manera, -aunque posiblemente tuviera un nombre pero lo desconocemos- se marchó con su frustración vestida de violencia a otra parte, los dos perritos respiraron tranquilos… Entonces C se acercó a su compañero de juegos y otras diversiones e intentó reconfortarle diciendo:

-No te preocupes amigo, es verdad que no tenemos raza ni pedigrí, que sólo somos dos chuchos pero es que de lo demás… hay mucho.

Moraleja: Tengo un hambre canina de amistad verdadera.

Ángeles Córdoba Tordesillas ©
(Dedicado a Paco Romero)




6 oct 2014

MI HIJO Y YO (1)

Mi hijo me ha dicho:
—Anda, mamá, deja de utilizar las redes sociales que no sabes manejarlas…
—¡¡¡¿QUÉ NO SÉ QUÉEEEEEE?!!!

Mira, como una furia me he puesto... Vamos, dudar de mi capacidad de desenvolverme en este medio, después de la experiencia que tengo… Me he sentido más ofendida que si, antaño, se hubiera metido con mi forma de cocinar, por ejemplo; que ahora me daría lo mismo. Es que me ha llegado al alma.

—¿Pero se puede saber por qué piensas eso?—le he preguntado.
—Porque te implicas demasiado, que te conozco… Tienes mucho peligro.
—¿Pero qué es eso de que no manejo bien las redes?... ni que fueran de pescadores y yo una sirenita incauta que pudiera quedar atrapada… Huy, glu, glu.
—Vale, no he dicho nada. Pero luego no me vengas… ¿eh?; que me pones la cabeza como un bombo, con que te has metido en un jardín… en un jardín sí, ¡pero en un jardín de infancia!: ¡Buaaa, mira que fulanito me ha tirado del pelooo!... que menganito me ha dicho tooonta.
—No me quejo tanto…
—Además, ¿no sabes que el facebook es para mayores de edad?
—¿...?
—…¡Que paso, mami! ¡Tú misma!

Sin palabras me ha dejado… y mira que es inusual esto.
No sé si mi hijo tendrá algo de razón.
Mis gafitas y yo, estamos desconcertadas. Necesitaríamos reflexionar un poco sobre el tema, pero a mí no me apetece. Se lo dejaré a ellas, para variar.


Ángeles Córdoba Tordesillas ©

5 oct 2014

OTOÑO

Como la lluvia,
llanto del gris otoño...
hoja tras hoja.
      
Ángel C.T. ©
(Dedicado a mi tía Elo que hoy hubiera cumplido años)

Acuarela pintada con estas gafitas que Dios me ha dado.

4 oct 2014

LA MAR

Tan poderosa,
como infantil recuerdo...
siempre, la mar.

Ángeles Córdoba Tordesillas ©

Fotografía hecha con estas gafitas que Dios me ha dado.

UNA MADRE

—Hola.
—Hola.
—Quería una madre. 
—Pues mire, ahora no disponemos de ninguna. Tendría que encargarla. ¿Cómo la quería?
—¡Ay, qué lástima!... Deseaba llevármela enseguida. ¿Cuánto tardarían en traerla?
—Bueno, eso depende de lo que usted me pida. ¿Qué tipo de madre busca, exactamente?
—A ver, le explico…Una madre de las que se preocupan en exceso, que te cuidan cuando estás enfermo, que te preparan comiditas, que te abrigan demasiado… En fin, ya sabe, una de esas madres.
—Sí, sé perfectamente al modelo de madre que se refiere. Lo siento pero de ésas ya no nos quedan en stock. Tenemos agotadas las existencias. Hemos tenido mucha demanda últimamente. E incluso, fíjese, hemos tenido que distribuir una madre entre tres familias.
—¡Qué bárbaro, cómo están de solicitadas!... Entonces, ¿no van a traer más?
—Sí. Se están fabricando. Puede hacer el encargo ahora pero tendrá que esperar unos cuantos días. Depende del interés que tenga.
—El interés es absoluto.
—Bien, pues dígame, ¿la prefiere rubia o morena?, ¿española o extranjera?...
—No, no, no. Eso me da igual. Bueno, si es posible que sea feliz. No me gustaría verla llorar ni sufrir. Y que sea cariñosa, protectora y fuerte. Pero no me refiero al aspecto físico, no tengo preferencias en este sentido.
—¿Y la edad?
—Tampoco. Mientras esté viva...
—Podría conseguirle una de esas características tal vez en menos tiempo del que pensaba pero le falta un brazo. ¿Habría algún problema? Íbamos a reparárselo pero si no le importa este detalle, no tendría que esperar a que fabricásemos otra. La teníamos en el taller a la espera...
—¡Perfecta para mí! Seguro que podrá abrazarme igualmente.
—Eso delo por supuesto. Este tipo de madre está muy bien preparada, viene sensible de serie.
—Estupendo. ¿Cuándo podría pasarme a recogerla? Estoy deseando conocerla.
—Probablemente, en un par de días. Si lo desea, puede dejarme su teléfono y le aviso cuando ya esté aquí.
—Muy bien. Éste es mi número. Muchas gracias. Me urgía bastante ¿sabe? Cuando se necesita una madre… se necesita.
—La comprendo. Todos queremos tener al menos una.
—Pues sí, ¡al menos una!
—Perdone, tal vez le interese un pack que tenemos en estos momentos en promoción, que incluye dos tíos y una prima.
—No. Eso no me interesa. Creo que a la larga no dan muy buen resultado.
—Hombre...el material es de primera calidad pero, claro, hay que cuidarlos...
—Ya. Pues gracias por la información. De momento, sólo venía buscando una madre. Por cierto, ¿el precio?
—¿El precio?... ¡Una madre no tiene precio!


Ángeles Córdoba Tordesillas © 2007