Así es como me imaginaba al COVID-19 en la época en la que empezaron a hablar de las vacunas y se sentía amenazado. Su preocupación era enorme, "pobrecito", le teníamos arrinconado.
Ahora hablando en serio, creo que en algún momento alguien tendría que haber salido y pronunciado estas palabras: «La pandemia ha terminado». Otro gallo nos hubiera cantado, porque el cerebro necesita dar un final, un cierre, a situaciones que nos desestabilizan tan profundamente.
Sí, fueron diciendo que iban bajando los casos de contagio, reduciéndose la cifra de fallecidos y hablaron también de la desescalada; pero nada más. Comentaron que tendríamos que convivir con él, que sería un virus más entre muchos otros, pero en ningún momento se dijo, para proporcionar el alivio que todos necesitábamos: «La pandemia ha terminado». Porque la pandemia terminó, aunque quedara el virus flotando en el ambiente.
Con esa omión, lo único que consiguieron es que lo que siguiera flotando fuera una tremenda frialdad entre las personas. Necesitábamos que alguien dijera que podíamos cambiar, de una vez por todas, la «distancia de seguridad» por la «cercanía segura». Lo necesitábamos con la misma fuerza que el protegernos contra él; nuestro cerebro y nuestro corazón lo necesitaban y lo hubiéramos agradecido, porque nos habría servido de un inmenso alivio en ese momento. Después de tres meses confinados, realmente lo merecíamos.
De este modo podríamos haber celebrado el final de algo que nos cambió la vida a todos en un periodo muy breve de tiempo.
Hoy yo me voy a atrever a escribir aquella frase que nadie pronunció. Atención:
¡LA PANDEMIA HA TERMINADO!
Ángeles Córdoba Tordesillas
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